BAJO LOS PUENTES DEL CORAZÓN
Porque te extraño, talismán de mi huerto,
el invierno no se atreve a romper los hilos de Ariadna
que tendí, de mi ventana al mar hundido de tus ojos,
como puente preferido por los suicidas;
hilos de recuerdo, náufragos en la distancia,
que la nostalgia, con su pico irresponsable,
quisiera cortar en pedazos de humedecido cristal
para que la tarde caiga en su no ser sin fondo.
Mi corazón es un huerto desolado por el tiempo
donde sembraste racimos de esperanza,
que después el otoño distante de tu voz
puso a marchitar sobre mi mesa de pobre servidumbre.
El mar, que era mi mejor amigo,
ahora es un ágil proveedor de sal y tristeza,
entre mis manos y tu cielo de palomas grises.
Cuando grito tu nombre en los vacíos muros de mi sombra
los centinelas de la ciudad abandonan sus puestos
para perseguirte por mis venas abiertas.
Los mendigos te acusan de robarles la luz.
Los astros de la sed son perros sin compañía,
vagabundos en la soledad sin respuesta.
Ya no hay lluvia que cante, como peces de miedo,
en el aljibe sin retoño de los días;
mis pasos abandonaron la plaza de sobrevivir
para desandar las viejas calles sin final
que conducen a esquinas rutinarias,
al torpe invierno que habita bajo los puentes del corazón.
Porque te extraño, muchacha mía,
en la alta noche de tu ausencia;
porque me faltas desde que el mar puso cercos a mi pecho,
y he tenido que negociar mis naranjas jubilosas
por el pasto seco del otoño de los olvidados.
Porque te extraño, y no aprendí a defenderme de tu voz,
hay apagones en los bazares del cielo;
el búho del deseo conspira con mis aleros
y ya no caza en los muros del mediodía.
Hasta tu nombre se fugó del poema
y ahora anda de malhechor
entre papeles ilegales y amarillentos,
como la luna en que te nombro y no apareces.
He querido atar tu nombre a estos versos
con los hilos irredentos de todos mis naufragios;
he tratado de sobornarlo para que asista con su música
a la piel y la mesa del poema;
voy a acusarlo de fugitivo del amor,
de todos los nacimientos de la luz,
de no asistir al público temblor de estos versos,
por negarle al poema su sonido militante,
su caricia de campana de paz.
Porque yo lo convoqué con arpas que incendiaron la ciudad,
traté de persuadirlo a tambores de fe,
con la tristeza anónima de quien se pierde a sí mismo,
y ha quebrado el dolor desnudo del poema
que clama por su clara presencia,
por su sonido de ave escapada del otoño,
del rincón más fehaciente del alma.
Puedo acusarte de homicida sin puñal,
de malgastar mis mejores flechas,
mis cartas de navegación, mi altar suicida.
Y yo no soy Ulises, ni partí para Troya.
Porque te extraño, piel de durazno,
has hecho de mí un convicto de la luz,
el pirata, sin garfio y sin puerto,
metido por el mar de tus ojos
al turbio negocio de la nostalgia.
Y yo no tengo pasaje de Ministro
ni el hacha de los domingos,
apenas he sido un golpe humano
en la aldaba febril de tu pecho,
rumiando sus cantos de sirenas,
los frutos que buscas en el insomnio.
Porque te extraño, candil de mis manos,
y a estas alturas de tu ausencia
y las piedras de la noche,
hasta la soledad se niega a acompañarme.
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